¿Está la tecnología llevando a la privacidad al peligro de extinción?

Publicado en Artículos, Tecnología de Información,


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Que Internet esta cambiando el mundo es una obviedad. Sin embargo, muchas veces la velocidad con la que se producen nuevas aplicaciones, servicios y usos de la tecnología no nos permiten meditar de forma serena sobre que importancia tienen los nuevos hábitos que vamos adquiriendo en nuestro día a día y cómo esto altera las rutinas de nuestra sociedad. Si la historia universal está segmentada por cambios significativos que han modificado a la cultura o la sociedad, quizás estemos ahora en el fin de la edad contemporánea e iniciando la edad de la información.

Quizás tenga que pasar algún tiempo antes de que seamos capaces de valorar que Internet produjo un antes y un después en la historia universal del ser humano. Sin embargo, hablamos de información como término general siendo importante destacar que según el nivel de abstracción al que nos estemos refiriendo, se pueden distinguir entre dato, información y conocimiento dado que tienen importancias diferentes y es muy relevante tener claro esta segmentación de conceptos. Si en la sociedad industrializada las materias primas eran transformadas en productos que a su vez producían valor y dinero, en las industrias de la información son los datos los responsables de generar este valor que posteriormente se monetiza y transforma en dinero. En estos nuevos modelos de negocio, los datos son un activo en el mismo sentido que las materias primas, y pueden convertirse en valor para la compañía.

Hechas estas aclaraciones previas vamos a contextualizar todo esto al mundo de la privacidad. Las personas seguimos creyendo que suministramos algunos datos cuando completamos formularios de recogida que nos solicitan las empresas. Muchas veces podemos ser conscientes de qué aspectos de nuestra vida estamos compartiendo o qué información puede ser obtenida al procesar los datos suministrados. Por ejemplo, cuando en una promoción suministramos nombres, apellidos, dirección y teléfono de contacto para participar en un sorteo, estamos revelando los datos necesarios para permitir nuestra localización en caso de ser premiados y como mucho, permitiendo el envío de publicidad a nuestro domicilio con los artículos de la empresa o grupos de empresas a las que hemos consentido el tratamiento de esta información. Podemos decir que nuestra privacidad se ve mínimamente invadida y somos conscientes en todo momento de ello. Sin embargo a veces no es tan intuitivo y sencillo ver que tras ciertos datos aportamos más información de la que en primera instancia podemos ser conscientes que estamos suministrando. Veámoslo con un sencillo ejemplo bajo el supuesto de usar una aplicación de fotografía que ha tenido mucho éxito en el mundo de los Smartphone como puede ser Instagram (Compañía recientemente comprada por Facebook por mil millones de dólares). Los dispositivos móviles como origen de datos permiten la captura de imágenes, sonidos, texto y aportan como datos complementarios la fecha y hora en el que estos se producen y cuando se tiene activa, la geoposición. Estos datos complementarios o meta-datos pueden aportar mucho valor a la hora de procesar información de usuarios finales.

Para verlo más claro, volvamos a la segmentación de los conceptos dato, información y conocimiento sobre el ejemplo de usar esta aplicación.

  • Datos: imagen capturada por el dispositivo móvil con la fotografía procesada por la aplicación Instagram.
  • Información: a dicha foto se le añade un contexto que puede ser el momento en el tiempo en el que se realiza, la geoposición donde ha sido tomada y el nombre del usurario registrado en Instagram que sube al portal la foto. Incluso si la geoposición no se proporciona, servicios como Google Goggles son capaces de procesar la información e inferir de ella de qué puede tratarse (ya sea un texto, un paisaje, un cuadro, etc.)
  • Conocimiento: si empezamos a pensar en procesar de forma aislada todos los datos de un usuario podemos lograr correlacionar diferentes informaciones que pudieran servir para conocer mucho más a esa persona. Para ello, sobre la información original debieran hacerse una serie de cálculos y tratamientos que nos permitirán inferir más información y por tanto, alcanzar cierto nivel de conocimiento sobre dicho usuario.

Son viables y posibles razonamientos del siguiente estilo:

  • Calcular las distancias entre las posiciones de las distintas fotos para averiguar el número de kilómetros que recorre este usuario y con qué diferencia de tiempo. Si por ejemplo toma fotos en New York el lunes, en Roma el miércoles, en Londres el jueves, etc… de forma continua podríamos suponer que se trata de una persona que viaja continuamente y además lo hace por grandes ciudades.
  • Si disponemos de una importante base de datos complementaria que nos indiquen las zonas comerciales más exclusivas de cada ciudad y cotejamos si las geoposiciones de dichas fotos se encuentran en estas áreas, podríamos empezar a deducir que se trata de una persona con un poder adquisitivo alto.
  • Si además consultamos si dicho usuario dispone de cuentas en Linkedin, Facebook, Tuenti, … y analizamos con qué personas se relaciona, se podría perfectamente localizar el sector al que pertenece y deducir de ello también su poder adquisitivo.

Este ejemplo puede servir para demostrar que además de los simples datos que creemos suministrar, pueden existir otros datos “obtenibles” o “deducibles” del contexto en el que se produce la generación de dichos datos o de la forma en la que éstos se generan (metadatos asociados a la información original). Estos nuevos datos pueden ser casi más relevantes o interesantes para la empresa que los recoge que los directamente suministrados, que simplemente hacen de materia prima para ser posteriormente transformados en elementos de valor. Y es en estos casos donde a priori es complejo conocer en qué medida se va a ver invadida nuestra privacidad. Valgan como muestra los diferentes casos donde personas han sido despedidas por colgar fotos en Facebook, por realizar ciertos comentarios en Twitter, etc.

Tal como se ha expuesto, es complejo que la actividad diaria de una persona conectada a Internet no deje rastro visible que no sea posible posteriormente procesar y por tanto, nos hemos convertido en caracoles digitales que vamos dejando pistas de qué consultamos, qué visitamos, qué hacemos y en algunos casos, de qué sentimos. Y todos estos datos se centran en aspectos relacionados con las personas como potenciales compradores, como sujetos con poder adquisitivo al que hay que tratar de convencer para que adquieran productos o servicios. Y para ello la mejor forma de hacerlo es tratando de conocer al máximo posible al sujeto en cuestión analizando en la medida de lo posible y sometidos siempre a las restricciones de la legislación vigente en materia de protección de datos de carácter personal, los aspectos más relevantes que puedan servir para garantizar el éxito de la venta. Por tanto, explorar y exprimir la esfera de la privacidad será para muchas empresas, el nuevo oro del siglo XXI. Y eso implica de forma directa o indirecta para nosotros, los comunes afectados, que veremos cada día más proliferar nuevas tecnologías que tienen por objetivo arrinconar o reducir a su mínima expresión nuestra privacidad.

Para que todo lo anterior sea posible es necesario un cómplice, el afectado o persona física que suministra los datos. Es más, no es necesario una persona sino miles, cuantos más mejor de forma que el volumen de datos en posesión de la empresa sea lo suficientemente importante como para ser atractivo para los tiburones del mercado de la publicidad. ¿Y cómo logran atraer a sus víctimas para que proporcionen datos? De forma sencilla, mediante aplicaciones atractivas e interesantes que aportan valor a la persona que las utiliza sin pedir contraprestación económica a cambio. Hasta la fecha estábamos acostumbrados a pagar con dinero por usar aplicaciones software o servicios en la red que eran proporcionados por empresas cuyas fuentes de ingresos eran precisamente las licencias de esos productos. Sin embargo y gracias al mundo de la publicidad, una nueva estrategia ha sido posible, las “aplicaciones freemium”. Son servicios o aplicaciones “gratuitas” que podemos usar a nuestro antojo aunque habitualmente suponen el registro en la empresa que proporciona el producto. Los modelos de negocio de “lo gratuito” están basados ya no en intercambios monetarios por servicios sino en remuneración en información. Es similar al objetivo de las tarjetas de fidelización de toda gran superficie que cambia puntos o descuentos por registrar nuestras compras. No le damos importancia y no podemos estimar quizás su valor, pero seguro que detrás hay mucho dinero contante y sonante porque el mundo de la publicidad online se mueve cada vez más rápido y las empresas están deseosas de conocer al máximo a sus potenciales clientes para adecuar mejor sus precios o servicios y seguramente como consumidores somos más predecibles de lo que nos creemos.

La industria tecnológica tiene claro que cuantos más datos sea capaz de recoger, más información y conocimiento será producido incrementándose así su valor económico. Y esta voracidad depredadora no tiene límite y no existen todavía mecanismos de control incorporados. Se empezaron recogiendo datos personales para la notificación postal y las gestiones comerciales, se evolucionó hacia el mundo de las redes sociales donde se recopilan datos sobre gustos y aficiones y el siguiente salto serán captar las emociones. Ya existen diseños de concepto como el “empathy model” de Blackberry que incorpora un sensor en forma de anillo para recoger mediciones del estado de algunos de nuestros parámetros biométricos y poder deducir así nuestro estado emocional. Cada uno de estos tipos de información supone cruzar una de las barreras protectoras de la privacidad y sabemos que la industria no tendrá límites mientras sea capaz de crear productos atractivos y vendibles. Nuestra única esperanza es una legislación con carácter internacional y una visión global del mundo que determine las fronteras que no se pueden cruzar en ningún país para evitar así que la privacidad se extinga cuando hacemos usos de elementos tecnológicos en nuestro día a día.


Por Javier Cao Avellaneda

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